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                                     VIRGEN DE LA OLIVA -             ALMONACID DE TOLEDO (TOLEDO)

   "Corría el mes de Julio de 1330. La tarde era calurosa y Celedonio, joven pastorcillo, sesteaba con su rebaño de ovejas en un pequeño soto del término de Almonacid, provincia de Toledo.    De repente nuestro joven percibió dulces acordes de una deliciosa armonía. Su sorpresa fue inmensa, pues nunca había llegado a sus oídos música tan arrobadora y regalada. Lleno de curiosidad por conocer de donde procedía aquel mágico concierto, registró el sotillo y el prado sin poder encontrar a los que tañían los instrumentos arrancándoles aquellas notas tan armoniosas y tan dulces. Ya empezaba el pastorcillo a dudar si sería realidad o ilusión solamente de sus sentidos la música que tanto le agradara, cuando en medio de celestiales resplandores se le apareció una hermosa señora. La sorpresa y el temor se apoderó del alma del pobre joven de tal manera, que se le cortaron no sólo la acción, sino hasta la palabra. La señora aparecida le dijo entonces:  "No temas, Celedonio, pues yo soy la Madre de Jesús, Redentor del mundo". Al oír estas palabras el pastorcillo cayó de hinojos y, cruzando sus manos, fijó su mirada con gran devoción en la Santa Virgen. Esta prosiguió diciendo: "Ve al pueblo y di de parte mía a tus paisanos que en este mismo sitio en que me ves hay escondida una imagen mía", "Diles que es mi voluntad que la saquen de nuevo a la luz y la edifiquen una ermita donde se la tribute el culto debido", "En pago de esta acción yo me constituiré en protectora especial de esta comarca". Al terminar estas palabras la celeste aparición se disipó. Celedonio, repuesto de la sorpresa y la emoción que aquel caso tan inesperado le produjera, dirigióse a Almonacid a cumplimentar el encargo de la Virgen. Una vez en el pueblo enteró a varios de sus convecinos del mensaje que llevaba. Pero unos oyéronle con despreciativas sonrisas y otros llegaron hasta a tacharle de simple o de loco. Celedonio no se desanimó por aquel contratiempo. Fiel cumplidor del encargo que recibiera corrió a los pueblos vecinos a fin de ver si sus palabras eran mejor acogidas. Pero el resultado fue el mismo. Nadie quería hacerle caso. A los ojos de todos la grandeza de la embajada aparecía en contradicción con la pequeñez del enviado. Aquellas gentes no comprendían que la mayor parte de las cosas grandes tienen su origen en las pequeñas. Dios elige siempre los medios más sencillos para la ejecución de sus más altos designios. Celedonio, rechazado por todos, volvió triste y pesaroso al sitio donde se le apareciera la Santa Virgen. Esta volvió a presentarse. El atribulado pastor cayó de rodillas ante ella y le dijo: -"Noble Señora, he cumplido fielmente el encargo que me hiciste, pero todos cuantos esfuerzos he hecho han sido inútiles". "Mis palabras no han sido creídas por nadie". "Ni mis paisanos ni los vecinos de los pueblos inmediatos han hecho caso de mis ruegos y por todos he sido motejado de loco o visionario". La Santa Virgen le dijo entonces: -"Yo haré que tus palabras sean creídas y que los que te han motejado te ensalcen y respeten". Y dicho esto tomó de manos de Celedonio un rústico cayado y, tocando con él en tierra, brotó al golpe un verde y corpulento olivo. Hecho esto devolvió el cayado al pastorcillo, diciéndole: -"Vuelve a Almonacid y di a tus paisanos que para que se convenzan de la verdad de tus palabras, vengan a ver este árbol, a cuyo pie yace enterrada mi imagen. Antes de penetrar en el pueblo hallará una comitiva que conduce al cementerio el cadáver de un niño. Tócale con tu cayado y el niño resucitará". Admirado Celedonio, pero lleno de fe en las promesas de la Virgen, volvió a Almonacid a vencer la incredulidad de sus vecinos. Al llegar a las primeras casas encontró la fúnebre comitiva que la Virgen le indicara. El niño muerto que conducían a la fosa contaría unos siete años. Celedonio mandó detener el entierro y tocando en féretro con su cayado exclamó: -"En nombre de Dios y por mandato de su Santa Madre, vuelve a la vida y declara ante todos si es verdad lo que les he anunciado hace días de parte de tan excelsa Señora". Al terminar Celedonio de decir, el niño se levanta y confirma sus palabras. Todos los espectadores de aquella escena caen de rodillas y miran con religioso asombro al que habían tenido por un visionario, y en quien reconocen entonces un verdadero enviado de la Reina de los Cielos. Convencidos ya a la vista de tan milagroso suceso, llenos de respeto y de fe, siguieron a Celedonio. Este les condujo al lugar donde se le apareció la Virgen. Su admiración fue inmensa al ver el lozano y robusto olivo en aquel sitio en que les constaba que nunca había existido. Con gran vigor y piadoso afán comenzaron a cavar en la circunferencia del milagroso árbol. A poco que profundizaron dieron con una especie de bóveda, debajo de la cual apareció a sus ojos una hermosa imagen de la Virgen. Desde aquel momento comenzaron a llamarla la Virgen de la Oliva. De este milagroso suceso llámase también, durante algunos siglos, el pueblo inmediato Almonacid de la Oliva, trocándole después por el de Almonacid de Toledo, que es el que en el día tiene. Los devotos descubridores de la santa imagen la veneraron con el mayor fervor, después de lo cual uno de los más ancianos, dirigiéndose a todos, les dijo: -"Este sitio no es ni propio ni decoroso para que dejemos él a esta hermosa efigie". "Creo que lo más conveniente es que la traslademos a la iglesia parroquial del pueblo, donde el clero la colocará en donde pueda recibir culto y veneración más dignos de su grandeza". Todos cuantos oyeron estas palabras asintieron de buen grado a lo que el anciano decía. Pero Celedonio, conteniéndoles con un ademán, repuso: "Tened entendido que al aparecérseme la gloriosa Madre del Redentor, una de las cosas que me dijo fue que deseaba que se levantase a su imagen una ermita en este mismo sitio". "La voluntad de la Reina de los ángeles debe ser ciegamente acatada y obedecida por todos cuantos con verdadera fe la veneren". Las palabras de Celedonio eran órdenes para aquellas buenas gentes, que decidieron dejar la Virgen en aquel sitio, empezando inmediatamente a construir la ermita. Pocos días después vióse concluido un modesto y sencillo santuario donde la Virgen fue colocada. El fervor religioso de los vecinos de Almonacid y de los pueblos los comarcanos levantó como por encanto aquella ermita. La oliva que brotó al golpe dado por María con el cayado del pastor duró muchos siglos. Su maravilloso fruto no sólo bastaba para alimentar de aceite la lámpara que ardía perpetuamente ante el altar de la Virgen, sino para repartir a los devotos que curaban con él toda clase de dolencias. El pastor Celedonio consagró el resto de su vida al servicio de la sagrada imagen. Muerto a los seis años de la milagrosa aparición, fue enterrado en la misma ermita delante del altar de la Santa Virgen."                                                     

                                        Enviado por Francisco Alonso.